Ya no respira la herida,
Ya no moja la sangre,
Ya no gotea sobre tu altar
Su jugo primaveral:
El tiempo escurrió lo suficiente
El cándido capullo de tus manos.
Hoy, libre de piedras y días
Te yergues dispuesto a inmolarte,
A bailar,
A arrojar tu mirada al fuego futuro,
Aquel sabio hermeneuta de las flores glaciarias,
A apreciar lo cursi de un eterno instante
Y a llorar sobre la negra arteria de la jornada,
Que se adapta a una silueta,
Que se arrodilla frente la radiante promesa.
Toda la esterilidad de tus costas,
Toda la vulgaridad de tu porte
Ante la motivadora nobleza
De aquella moderna deidad.
R.Z
Foto por Flavia Calise


