Existe una cándida cruz, como un rey despótico, un simbionte, una migaja existencial, que vive de nuestro hambre y bebe nuestra sed de laurel vigente en todos los eclipses y seculares festividades.
Por un brazo de buena vida, su trono es tomado y sus raíces abrasadas por esa cota dérmica de mejilla de recién nacido, con poros de oídos sabios y puños de boca cerrada, enquistada luz mediante en los Parises de la piel, en las revoluciones de los huesos, en los puertos de la carne: en los cauces acuíferos desaguaderos de los altares coercitivos del ser. Amanece paz.
R.Z
Ah, las luchas internas. ¿Qué ser es ajeno a ellas? Tenés razón. Esa es tierra de todos.
ResponderEliminarSaludos.